domingo, 6 de marzo de 2011

UN ENCUENTRO FURTIVO

UN ENCUENTRO FURTIVO

Caminaban a orillas del arroyo, “Primero hay que sufrir”, le dijo. Era una relación un tanto tardía, se conocieron cuando él arrojaba pequeñas piedras sobre el agua y las veía desaparecer. “Después amar”, le contestó. Nunca se habían visto a pesar de la soledad humana del paisaje. Jamás se hablaron hasta ese día. “Después partir”, agregó. El azar, el incontrolable, los había ubicado uno al lado del otro una mañana de finales de otoño. “Al fin andar sin pensamientos”, acotó ella mirando el estrecho sendero que los conducía a la, en apariencia, naciente del arroyo. El relato marchaba al mismo ritmo que su trayecto.
Después el silencio. Ninguno quiso desenrollar el contenido de cada frase narrando las experiencias vividas. ¿Para qué si eran pasado? La incógnita de la metáfora quedaría sin develar. Ambos andaban sin pensamientos y ese era el lazo que los unía.
Tal vez vendría un mañana. Siempre hay un mañana aunque se ausenten los personajes. Pero esta vez el mañana los encontró en el mismo lugar de la primera vez Empezaban el recorrido habitual y sólo hablaban del paisaje. Ni siquiera un bosquejo de identidad. Un nombre, una procedencia, un número. Nada. Sólo ella, él y el entorno.
Se repitió otra mañana y otra y otra. Pero hubo una en la que aparecieron sólo dos: él y el entorno. Repitió el recorrido habitual aunque esta vez el poema de Homero Expósito comenzaba con “Después partir” y llegó hasta el aparente final sin pensamientos.
A los naranjos, que por sectores bordeaban al arroyo, todavía no le habían dado órdenes respecto a qué debían hacer cuando llegara la primavera.

ALBERTO FERNANDEZ

No hay comentarios:

Publicar un comentario